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Serafin Baroja

 

Obra literaria de Serafín Baroja Zornotza

 

Joxemiel Bidador

 

Diario de Noticias, 2000-3-12

 

        «Mi abuelo no era del mismo paño que muchos de sus colegas vascos. No tenía más dinero que el que le producía un sueldo del estado; su mujer era una mujer religiosa pero poco clerical, y sus hijos habían salido poco entonados y menos rampantes. No procuraba alternar con políticos, aristócratas o toreros, y no soñaba con bodas rumbosas ni con brillantes carreras dentro de la administración pública, que es lo que querían y quieren por lo común, los hijos de buena familia». Julio Caro Baroja, Los Baroja, Madrid, Taurus, 1972.

        Los Baroja fueron una familia de impresores. El primero de la familia que se dedicó a esta actividad fue el abuelo de Serafín, el que fuera boticario de Oiartzun Rafael Martínez de Baroja. Los hijos de éste, los hermanos Pío e Ignacio Ramón Baroja Arrieta no abandonaron el negocio, convirtiéndose su imprenta, que para entonces ya estaba situada en el número siete de la mismísima Plaza de la Constitución donostiarra, en la más importante del San Sebastián decimonónico, y en ella se imprimieron obras como la primera traducción al español de la historia de la revolución francesa de Thiers, la obra médica de Monedero sobre el cuerpo humano, o incluso obras clásicas de la literatura en euskara como los trabajos de Iztueta, Iturriaga, Zabala, o Lardizabal.

        El hijo de Pío, Serafín Baroja Zornotza, nació en San Sebastián en 1840. Estudio ingeniería de minas en Madrid donde trabó amistad con Pascual Madoz y en donde afirmó todavía más su ideario liberal. Tras finalizar sus estudios marchó en 1868 como jefe de minas a Riotinto de Huelva donde permaneció hasta que la mina fue vendida a los ingleses, y de donde pasó por diversos establecimientos mineros en Guipúzcoa, Madrid, Pamplona, Valencia, Granada y Bilbao. Por encima de sus obligaciones laborales, fue la actividad literaria por la que verdaderamente sentía pasión Serafín Baroja, comenzando a escribir desde muy joven. Aprovechando las facilidades que le proporcionaba el hecho de tener la imprenta en casa, publicó sus primeras obras en 1865, una colección de cuentos, Noveluchas y cuentos, sucedidos y pasatiempos, edición ilustrada con excelentes grabados en papel, y su primera novela, Los pillos de la playa, novela escrita en vascuence por Tantanfirulet, célebre tamborilero de Mizpirandienea, y vertida al castellano por André Grashi. Buscar el original en euskara de este trabajo sería del todo inútil, ya que esta historia que se desarrolla en San Sebastián, Lezo y Pasajes fue originalmente redactada en castellano por su autor, utilizando lo de ser una traducción al euskara como gancho que animara al público a la compra de la misma, estrategia que también usara el labortano Jean Baptiste Dasconagerre con su novela Les échos du Pas de Roland publicada en París en 1867 como traducción de un original vasco —aunque en este caso, el verdadero original francés propició la aparición de su versión al euskara, Atheka gaitzeko oihartzunak, en Bayona tres años más tarde—.

        Su primer libro bilingüe fue el poemario Gaci guezac de 1875. De 1878 es el libreto de la ópera en tres actos Pudente, historia inverosímil ambientada en las minas de Riotinto en la época de Trajano que sirve de soporte a la música de Santesteban. Por otra parte, el drama en dos actos en vascuence y en verso de doce sílabas Hirmi arma alabac junto a su traducción en prosa castellana apareció en Pamplona en la imprenta de Fortunato e Istúriz en 1882, y aunque se puso a la venta a tan sólo tres reales, no se vendió ni un solo ejemplar del mismo. Al respecto del euskara empleado por Baroja hay que reseñar que el dialecto guipuzcoano era el modelo sobre el que escribía, tal y como él mismo reconoció: «Siga el que quiera a Bonaparte, Azkue, Campión, Arana eta Goiri Sabin, yo sigo a Larramendi, Iztueta, Iparragirre siempre».

        Serafín Baroja también se sirvió de las publicaciones periódicas para dar salida a sus escritos literarios. Durante la segunda carlistada publicó desde San Sebastián, donde estaba de profesor ocasional de Historia Natural en el Instituto, una serie de colaboraciones en el periódico madrileño El tiempo, desde el 10 de enero al 26 de febrero de 1876, en las que deja clara su animadversión hacia el bando carlista, y que hace unos cuantos años fueron editadas por su nieto Julio Caro Baroja —Crónica de la guerra carlista, San Sebastián, Txertoa, 1986—. Así mismo fue colaborador de la revista El Eco de San Sebastián y del diario republicano La Voz de Guipúzcoa en el que en 1895 publicó el folletín De Chamberí a Madrid, 100 metros en 25 días. El 21 de abril de 1879 fundó en San Sebastián un periódico en colaboración con su hermano Ricardo titulado El Urumea, periódico no político, y algunos años más tarde, coincidiendo con su estancia en la capital navarra comenzó a editar la que fuera la primera publicación periódica en euskara aparecida en Pamplona, nos referimos al semanario bilingüe Bay, jauna, bay, que apareció por primera vez el uno de enero de 1883. En el primer número aparecían tanto en castellano como en euskara poesías de Campoamor, fragmentos del Lazarillo de Tormes, Tormesco lazarochoen bicia, y tan sólo en euskara la segunda jornada de El Alcalde de Zalamea. En posteriores números no cambiaría el contenido, y publicó originales y traducciones al euskara de autores como Alarcón, Bécquer, Calderón, Coronado, García Gutiérrez, López de Ayala, López García, Revilla, Selgas, Uhland, Lope de Vega, Zorrilla, o Shakaspeare: «Izan edo ez izan, ontan dago dena. Cer da nobleago, sufritu indar gabe, macur, mugaitz oquer, zori zurcaitzena edo bein urratu gogor atsecabe...». Llegó a terminar de traducir el Lazarillo, hizo un ensayo de nomenclatura castellano-vasco-latina de los peces del cantábrico, y realizó una descripción geológica de la Barranca. El semanario contó con cuatro páginas a dos columnas y se tiraba en la imprenta de F.J. Istúriz, siendo su dirección y administración el mismo domicilio de Serafín Baroja sito en la Calle Nueva, 30, 2º izquierda. La vida de este semanario fue realmente corta, ya que sólo se editaron seis números del mismo. Las razones que se barajan para explicar esta falta de éxito son que el ayuntamiento no se quiso suscribir al mismo, lo que unido a su escasa difusión facilitó su desaparición: «No habiendo conseguido reunir el número suficiente de suscriptores para pagar la mitad de los gastos de impresión se suspende la publicación de este número bilingüe». Se comenta que el euskara pudo ser un obstáculo para su venta, pero esta no parece una razón convincente, ya que el semanario era bilingüe, y por otra parte, el número de euskaldunes en la Pamplona del XIX era aún elevado; es más fácil pensar que la dirección liberal y que el contenido literario del mismo no eran todavía del interés de la gran masa pamplonesa. El precio de suscripción era de cuatro pesetas el semestre y ocho el año y de once pesetas el año en ultramar y extranjero, vendiéndose el número suelto a un real. Una veintena de años más tarde Baroja volvió a editar cuatro números de este semanario en Madrid, que eran vendidos en las panaderías de la villa junto al pan vienés, y en los que no tuvo mayor inconveniente para introducir parte de sus trabajos en euskara, tales como la ópera en tres actos Luchi, o la zarzuela en 13 actos Amairu damatxo. El semanario de Baroja estaba íntimamente ligado al diario de corte liberal El Navarro que fue editado en Pamplona entre el 7 de febrero de 1881 y el 15 de noviembre de 1884. En esta diario publicó Baroja los folletines Perico Pello de Alabaindanere: apuntes para la historia de un buen apunte escritos por él mismo en vascuence y traducidos al castellano, narración picaresca, y Entre Madrid y San Sebastián: amores prosaicos, que ya publicara en el citado El Urumea.

 

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